Los resultados de las pruebas PISA 2025 sorprendieron por la magnitud de la caída: en Matemática, el 76% de los jóvenes de 15 años quedó por debajo del umbral básico de competencias fijado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). En Lectura, el 60% no logra comprender ni reflexionar críticamente sobre textos de complejidad media. La caída fue simultánea en las tres áreas evaluadas: Matemática, Lectura y Ciencias.

El especialista en educación Juan María Segura aclara que el problema es estructural. Mala distribución de recursos, laxitud en los sistemas de evaluación y promoción, ausentismo crónico de alumnos y docentes, y una preparación insuficiente del docente promedio. Una combinación que termina por dejar a los estudiantes sin herramientas básicas para continuar sus estudios o insertarse en el mundo laboral. Además está el dato de la pobreza como variable determinante del aprendizaje. El informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina es contundente. Más del 60% de los niños y adolescentes vive en hogares bajo la línea de pobreza. Cerca del 55% sufre privaciones multidimensionales: hacinamiento, falta de conectividad, inseguridad alimentaria. En ese contexto, el Índice de Estatus Social, Económico y Cultural que mide PISA se consolida como el principal predictor individual del rendimiento académico. La brecha entre el 25% de los estudiantes con mayores recursos y el 25% más vulnerable supera los 80 puntos, el equivalente a dos años de ventaja pedagógica.  La escuela argentina, en vastos sectores del país, dejó de ser una herramienta de movilidad social ascendente. En los contextos más vulnerables, las instituciones educativas debieron reorientar tiempo y recursos hacia la contención social y la asistencia alimentaria. Más del 60% de la población infantil depende de asistencia para comer. Apenas el 14% de los estudiantes de los sectores más postergados logra alcanzar niveles superiores de rendimiento. Argentina invierte históricamente cerca del 5% del Producto Interno Bruto en educación. Los resultados siguen cayendo. Eso no habla sólo de falta de voluntad presupuestaria, sino de fallas en cómo se asignan y ejecutan esos recursos.

La respuesta no puede ser solo pedagógica. Tampoco puede ser solo social. Tiene que ser las dos cosas al mismo tiempo. Garantizar nutrición, hábitat y acompañamiento en la primera infancia mientras se revisa en profundidad qué se enseña y cómo se enseña. Segura lo plantea sin rodeos: innovar en educación no es incorporar tecnología ni cambiar los libros de texto. Es hacer de nuevo desde adentro. Replantear la currícula, la didáctica y el rol del docente para equipar a los estudiantes frente a un mundo que ya no se parece al que diseñó este sistema.